Antonio Ramiro Chico,
Cronista Oficial de la Puebla y Villa de Guadalupe
INTRODUCCIÓN
Guadalupe, lugar
de peregrinación y de encuentro de reyes y príncipes desde sus propios orígenes,
fue declarado Real Sitio el 25 de
diciembre de 1340, cuando Alfonso XI, el
Justiciero, rey de Castilla y de León (Salamanca, 1311- Gibraltar, 1350)
desplegó toda su protección sobre la aldea de Guadalupe, declarándola de
Patronato Real y a su primitiva iglesia la elevó a rango de Santuario Nacional, como ofrenda a
Nuestra Señora por haberle ayudado a salir victorioso de la batalla del Salado
(1340), por lo que mandó ensanchar y ennoblecer con honrados beneficios el
mencionado templo, otorgando también la Carta-Puebla de sus términos (1337-1347).
El primer contacto que Carlos de Gante tuvo con Guadalupe
fue con motivo de la muerte de su abuelo, Fernando, el Católico (Sos, 1452-
Madrigalejo, 1516), quien camino del Real Monasterio de Santa María de
Guadalupe, falleció en la granja que el monasterio jerónimo tenía en
Madrigalejo (Cáceres), donde redactó su último testamento, en el que reconocía
a su nieto Carlos de Gante como legítimo heredero de sus reinos, rectificando
así sus anteriores testamentos (Burgos, 1512 y Aranda del Duero, 1515), en los
que reconocía a su nieto Fernando, hermano menor de Carlos. Para resolver estos
asuntos el príncipe Carlos envió a su embajador el Deán de Lovaina, Adriano de
Utrech, a Guadalupe en 1516, más tarde Papa Adriano VI.
De esta forma, abuelo y nieto, mantenían la unidad de
España, por la que tanto había luchado la Reina Isabel la Católica y sentaban
las bases del posterior Imperio Español.
I.ANTECEDENTES
Otra de las
gracias que concedió Alfonso XI al santuario en 1340 fue la institución de un
Priorato secular, presentando como primer prior a don Pedro Gómez Barroso,
cardenal de España y a la sazón rector de la iglesia de Santa María de
Guadalupe.
Pocos días después, el 6 de enero de 1341, el
Arzobispo de Toledo don Gil Álvarez de Albornoz reconocía el priorato secular y
el patronato real, a favor de Alfonso XI y de sus sucesores, instituyendo a Don
Pedro Gómez Barroso como primer prior secular.
Siete años después, tanto el monarca como el
arzobispo reconocían en sendos documentos (Santa María del Paular, 28 de agosto
de 1348 y Santorcaz, 5 de octubre de 1348) el señorío temporal del prior sobre
la Puebla, quedando de esta forma suprimida su dependencia directa e inmediata
de la autoridad real, por lo que todo el territorio de Guadalupe quedaba
sometido a la autoridad eclesiástica y civil del prior.
Dicho señorío temporal fue ampliado con jurisdicción
de mero y mixto imperio, el 15 de noviembre de 1388, por el rey Enrique II.
Después de 41 años y cuatro priores seculares: Pedro Gómez Barroso, Toribio
Fernández de Mena, Diego Fernández de Mena y Juan Serrano, la institución se
había relajado en su funcionamiento y los impulsos de la nueva reforma que promovía
la iglesia, hizo que el rey don Juan I de Castilla, apoyado en su derecho de
patronato, alzase la iglesia de Guadalupe en monasterio de la Orden de los
Ermitaños de San Jerónimo.
A este efecto, el monarca expidió en Sotos Albos, el
15 de agosto de 1389 una real provisión por la que entregaba a Fray Fernando
Yáñez de Figueroa y a sus sucesores cuanto pertenecía al santuario y él había
recibido de los reyes sus antecesores, junto con los términos y el señorío de
mero y mixto imperio sobre la Puebla de Guadalupe.
De la misma forma, el Arzobispo de Toledo, a la
sazón Pedro Tenorio, en cuya jurisdicción está levantado el santuario,
accediendo a los deseos del rey, otorgó su pleno consentimiento en carta
firmada en Alcalá de Henares el 1 de septiembre de 1389, confiriendo a don Juan
Serrano poder bastante para la entrega del santuario y conversión del mismo en
monasterio de la Orden de los Ermitaños de San Jerónimo.
El 23 de octubre de 1389, Fray Fernando Yáñez fue
elegido primer prior regular por la comunidad, formada por 32 monjes venidos
desde el Monasterio de San Bartolomé de Lupiana (Guadalajara), quienes habían
llegado el día anterior.
Consolidada la fundación, el 16 de octubre de 1394
Benedicto XIII, Pedro de Luna, confirmó la erección del santuario en monasterio
con la bula His quae pro utilitate.
A partir de este momento la adhesión de los
jerónimos a la corona fue institucional, total, continua y sincera, aunque ello
les obligó a tener que pagar un alto peaje- también económico-, por la
utilización que hicieron los monarcas de la Orden Jerónima y del propio Real Monasterio
de Guadalupe.
Dicha relación va a llegar a su máxima expresión con
los Reyes Católicos, quienes van a mostrar su aprecio institucional y personal,
tanto con la Orden Jerónima como al Real Monasterio de Guadalupe, a quien la
reina en sus más de veinte visitas que hizo decía sentirse en su “paraíso”.
| Alfonso XI y los Reyes Católicos agradecen a la Virgen de Guadalupe su intercesión por la batalla del Salado y de Granada< Pintura. Biblioteca del Real Monasterio. Siglo XVIII, |
Isabel y Fernando se refugiaban en Guadalupe para
descansar, rezar y trabajar con el fin de llevar a cabo cada una de sus
empresas, como la conquista de Granada, 2 de enero de 1492, tal como recoge su
carta dirigida al prior Fray Nuño de Arévalo contándole que después de siete
siglos se había logrado la unidad de España, o la firma de las sobrecartas,
firmadas en Guadalupe, urgiendo a Palos y Moguer la entrega de la carabelas al
propio Cristóbal Colón para que llevara a cabo su proyecto descubridor.
Su devoción a Santa María de Guadalupe fue estrecha
y sincera a la que encomendaron cada una de sus empresas otorgándole grandes
ofrendas como las dos capas de brocado verde y una carmesí, un “muy rico dosel
de brocado”, el terno del “Tanto Monta”, un crucifijo con el primero oro que
vino de América o el mismísimo testamento de la Reina Isabel, quien dispuso se
custodiara en el Archivo del Monasterio de Guadalupe.
De igual forma su madre, doña Juana mostró gran
devoción a esta santa casa, confirmándole en 1508 todos los privilegios que los
Católicos Reyes, sus padres, y los otros sus antecesores habían dado a este
monasterio, ofreciendo en esta ocasión cien mil maravedíes en limosna.
II.ENCUENTROS
Carlos V educado en Flandes, con raíces germánicas e
influenciado por la cultura francesa, unirá a su persona ese sentido
providencialista que heredó de los Reyes Católicos, considerando su persona
como el brazo escogido de Dios: “Fiat volutas tuas”. Este lema será la
constante que recorra su vida, tanto en sus éxitos como en sus fracasos.
Si su primer encuentro con Guadalupe fue con motivo
de la muerte de su abuelo Fernando el Católico. El segundo encuentro sería con
la Orden Jerónima a través del Cardenal Cisneros y de Adriano de Utrech,
quienes en nombre del heredero Habsburgo se dirigieron al padre general de la
Orden, fray Pedro de Mora , en julio de 1516 para solicitarle, después de
encontrarse en Guadalupe, algunos religiosos que fueran a la Isla de la
Española “en servicio y bien de estos reinos”, por la delicada situación en que
se encontraban las tierras del Nuevo Mundo y la población nativa, con el fin de
organizar los asuntos de allí, según las “instrucciones” que les dieron.
Aunque una vez más, el Padre
Las Casas se impuso a Cisneros y Carlos I mandó limitar los poderes de los
jerónimos, quienes a finales de 1520 ya estaban de regreso en sus respectivos
conventos.
De nuevo, un conflicto histórico o
batalla marcará la relación más estrecha del Emperador con Guadalupe, como
ocurrió con Alfonso XI o los propios Reyes Católicos. En este caso, será la
victoria de Pavía, el 24 de febrero de 1525, en la que Carlos V ve la mano
divina, por lo que sintió la necesidad de dar gracias a Dios. De ahí que, no
dude en ponerse en camino para peregrinar, siguiendo los pasos de sus
antecesores hasta el Santuario y Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe por
tan importante victoria, en la que franceses y españoles se enfrentaron por el
ducado de Milán y que supuso que nuestra nación impusiera sus dominios sobre
Italia.
Procedente de Madrid, Carlos I se
dirigió a Guadalupe haciendo su particular peregrinación en seis jornadas,
cabalgando en torno a seis leguas diarias, con un solo descanso para comer,
siguiendo el Camino Real por Móstoles, Casarrubios, Santa Olalla, Talavera de
la Reina, El Puente del Arzobispo y Villar del Pedroso, pernoctando en cada uno
de estos lugares. El lunes, 10 abril su Cesárea Majestad cruza el río Tajo para
adentrarse en los Montes de Toledo. Al día siguiente, 11 de abril, con parte de
su corte, llegó al Hospital del Obispo, donde descansó para comer. A
continuación, se puso en marcha para descubrir las sierras de Guadalupe a cuyo Real
Santuario llegó a la hora de cenar de este mismo día, Martes Santo, donde fue
recibido por su prior, fray Miguel de Villahoz y la Comunidad jerónima que
habitaba el monasterio.
Su estancia de siete días en la
Hospedería Real, levantada para acoger a los Reyes Católicos después de la
conquista de Granada, coincidió con la celebración de la Semana Santa a la que
se sumó participando en los solemnes oficios litúrgicos organizados por la
Comunidad Jerónima, que sin lugar a dudas marcó su sentido providencialista.
Durante esta visita Carlos V concedió
al monasterio varias gracias, como la de la explotación de minas de hierro y
cobre existentes cerca del “Arca del Agua” en la falda de las Villuercas.
Igualmente, trató con la comunidad sobre el proyecto de realizar un nuevo
retablo para el altar mayor, cuya traza elaboró días después, el escultor Juan
de la Borgoña.
![]() |
| Ejecutoria de don Carlos I de España de la Cancillería de Granada contra los vecinos de Guadalupe para que no formen Concejo. !526. Archivo Municipal de Guadalupe. |
El día 18 de abril agasajada su
Majestad de manera extraordinaria por la Comunidad Jerónima partió el Martes de
Pascua, después de almorzar, hacia Toledo por la ruta de Navalvillar de Ibor,
Oropesa, Talavera y Torrijos, llegando a la ciudad imperial el 27 de abril,
donde tenía convocada las Cortes de Castilla. No imaginaba el Emperador que
estas tierras extremeñas que pisaba por primera vez ahora, serían el lugar
donde acabaría sus días.
Los jerónimos, atendiendo a los
deseos del César, le concedieron la Carta de Hermandad, que le enviaron
a Toledo el 21 de abril, junto con “dos imágenes de oro de Nuestra Señora para
el libro de Vuestra Magestad” y la traza del retablo, aunque éste no se pudo
llevar a cabo por los apuros económicos suyos y de su hijo Felipe II. No sería
hasta el reinado de Felipe III, cuando se inauguró el nuevo retablo.
El Monasterio, por su parte,
socorrió a su Cesárea Majestad en 1528 tras el revés de Orán con 2.000 ducados,
más 200 marcos de plata que le prestaron y la aplicación de 54 misas cada año
por él.
Según narra Pedro Medina en su Libro
de Grandezas y cosas memorables de España (1549) al hablar de la Hospedería
Real de Guadalupe dice lo siguiente: “Y así mismo la cesárea Magestad del Emperador
nuestro señor y la emperatriz, muchos días que han estado en esta sancta casa
ha sido aquí su aposento…”, lo que indica
que pudieron venir más de una vez. Lo que es cierto, es que Isabel de Portugal dio
durante su reinado constantes testimonios de su amor y devoción a Nuestra
Señora, así como el afecto a su casa y monjes como se puede colegir por la
documentación suya que se adjunta.
Quiso además la Emperatriz que la Virgen de
Guadalupe fuera la destinataria del vestido con el que entró triunfante en 1526
en Sevilla para llevar a cabo sus esponsales, con el que la Comunidad Jerónima
confeccionó, posteriormente, el llamado “Terno de la Emperatriz”. A ella debe
también Guadalupe el Breve de Paulo III sobre el Jubileo Plenísimo y Perpetuo
(1535) para todos los fieles que en la Fiesta de Septiembre visiten dicho
santuario.
Otro de los encuentros que enriquecerá a su Cesárea Majestad
será el contacto humano con algunos de los monjes e hijos de Guadalupe, que sirvieron
y trabajaron en la confección de su imperio, como Fray García de Loaysa,
colegial de Guadalupe, dominico, inquisidor general, arzobispo de Sevilla; Fray
Pedro del Rosal, monje de Guadalupe, Virrey de las Indias; Fray Francisco de
Santa María, prior de Guadalupe, participó en el Concilio de Trento; Gregorio
López, famoso jurisconsulto guadalupense, padre del derecho indiano o los
galenos de los hospitales de Guadalupe que formaron parte de su Protomedicato:
Francisco Arceo, Ceballos, La Parra, Del Águila, Soto, Yerto, Moreno, entre
otros, quienes aportaron sus sabios conocimientos a la historia de la medicina
mundial.
En 1555 Carlos V aquejado de gota y cansado de la
vida, decidió retirarse al monasterio de Yuste, donde el prior de Guadalupe le
visitaba cada mes, llevándole ciertos presentes: “porque a su Cesárea Majestad
gustaba de los carneros que se cebaban en esta Casa, tuvo el cuidado de
enviarle todas las semanas el número competente para que no le faltara este
regalo”.
A partir de estos encuentros, Carlos V establecerá una gran relación con Guadalupe y la Orden Jerónima, tal como se refleja en la documentación que se conserva en el Archivo Histórico del Real Monasterio de Guadalupe.
(Este estudio ha sido publicado en el Boletín de la Academia de Yuste, núm. 55 (2025), con motivo del V Centenario de la Visita de Carlos V a Guadalupe (1525-2025). La parte documental se ofrecerá en una segunda entrega).


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